SALBÁ EL PATUÉS

Esta mañana, desde la plaza de Chía

Este fragmento de La vida es sueño de Calderón de la Barca es para recordarnos que siempre hay alguien/algo en peor situación que la propia.

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

 

Y esto viene a cuento de que si hace cuarenta años un grupo de entusiastas montañeses no se hubieran puesto “manos a la obra”, una parte importante de nuestra cultura se habría perdido, y para que tengamos claro que no es ahora, en el siglo XXI, cuando hemos decidido salvar el patués, que hay muchas horas dedicadas, mucho talento invertido y desplegado antes de llegar nosotros. Por ello, hemos de implicarnos para, de la manera que cada uno pueda, recoger el testigo del legado que nos dejan, para conservarlo y mejorarlo, para fomentar el estudio, análisis y debate sobre todo lo que supone la aportación del pasado en nuestro entorno, de un patrimonio que debemos respetar y conservar. Esta lengua propia tan nuestra, según escribe José Antonio Saura (filólogo y profesor), de casa Chaime de Eriste, es una lengua románica autónoma nacida en este territorio por evolución del latín vulgar hispanovisigótico asentado sobre una serie de estratos lingüísticos prerromanos, entre los cuales destacan los de filiación indoeuropea (precelta y celta). A este tipo latino inicial se superpuso después una pujante influencia franca cuando el valle formó parte del condado carolingio de Ribagorza dentro de la Marca Hispánica (s.IX), un estado de cosas lingüístico que acabó acrisolándose durante la etapa de independencia del condado (vigente hasta el año 1023), y que ha venido incorporando hasta nuestros días toda una serie de préstamos de lenguas circunvecinas (árabe, aragonés, gascón, francés, castellano y catalán). 

Recuperamos un fragmento sobre el otoño escrito por Asunción Castel de casa Ramonot de Chía, que formaba parte del Grupo de Potensiasión del Patués y participaba (junto con otros vecinos de Chía y del Valle) en sus reuniones en aquellas Semanas d’Estudios del Alto Ribagorsa que organizaba la Asociación Guayente a principios de los años 80. En esos seminarios de pautés,  elaboraron un diccionario, una gramática, reglas de ortografía y llevaron a cabo iniciativas para mostrar y promocionar la lengua propia del Valle de Benasque, que no podía perderse.

“Cuan s’acaba el estiu encomiensa el agüero. Els días se fan més curtos y las nits més llargas. Las fuellas dels friexes, albás, trémols, faus, nuguers y altros abres, cambian de coló y dimpués se cayen; en yey altros coma les pins, abetos, aréulos que siempre están berts.

Els moixons ya no cantan, las golondrinas s’en ban, pllou y encomensa a fé fret. Els forastés mos dixan, el bestiá baixa de la montaña y la mainada torna a la escuela.”

[Cuando se acaba el verano empieza el otoño. Los días se han más cortos y las noches más largas. Las hojas de los fresnos, abedules, álamos temblones, hayas, nogales y otros árboles, cambian de color y después se caen; hay otros, como los pinos, abetos, acebos, que siempre están verdes.

Los pájaros ya no cantan, las golondrinas se van, llueva y empieza a hacer frío. Los forasteros nos dejan, el ganado baja de la montaña y la chiquillería vuelve a la escuela.]

 

Chía desde La Encontrada, la noche del 11 de octubre de 2020.

Hemos empezado con poesía y terminamos con poesía en patués de Benasque.

Una poesía que recoge el sentimiento de esta lengua, de cómo estamos marcados por el peso de la historia y la tradición que concentra: La marca de l’alma, de José Antonio Saura.  https://www.youtube.com/watch?v=ikRC0fhVk6Y

La lluvia y el sol trabajando juntos esta mañana para regalarnos este magnífico arcoiris a las puertas de Chía. FOTO: José Mari Carrera

 

 

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RINCONES Y DETALLES CON ENCANTO

Tenemos pendiente hablar de la “casa”, la unidad estructural básica de la sociedad pirenaica hasta mediados del siglo XX. La “casa” es el conjunto de los habitantes, propiedades, animales y construcciones que conforman la unidad autosuficiente para vivir, la célula que tiene todo lo que hace falta para que el ciclo de la vida siga su curso. Esta unidad debía pervivir en el tiempo y en el espacio; por eso había un único heredero, ya fuera hombre o mujer, lo que llevó a que las casas tuvieran un nombre, independientemente del apellido . Este nombre hace referencia1 al apellido/origen del fundador (40%), al nombre propio de uno de sus habitantes (30%), al oficio que en su inicio les caracterizó (20%), o a alguna característica físico-psicológica de alguno de la casa (10%). En 2021 abordaremos la casa, los trabajos específicos de los hombres, las mujeres, así como el ciclo de la vida que se mantuvo casi inalterable hasta que se produjo el éxodo masivo hacia las ciudades.

Torre de casa Santamaría. Dibujo de Ramón Prior Canales2.
Galería (hoy desmontada) sobre era. Dibujo de Ramón Prior Canales2.

Proponemos hoy una “visión general” de las casas de Chía, sobre los aspectos más arquitectónicos y sin entrar en demasiado detalle. La estructura de Chía no es tan apiñada como la de Cerler, Shaún o Sesué, tampoco es un núcleo de construcciones histórico-artísticas excepcionales (con excepción del ábside de la iglesia de San Martín) como puedan ser otros pueblos del Pirineo, pero sí podemos señalar multitud de elementos y puntos “auténticos” de arquitectura popular o, simplemente, con sabor rústico, antiguo, montañés y muy pirenaico que merecen ser conservados y valorados:

  • puertas doveladas y ventanas adinteladas,
  • escudos y cabezas,
  • inscripciones y símbolos tallados en dinteles de puertas y ventanas y en muros,
  • sobrias fachadas, galerías y pequeños balcones,
  • piedras pasaderas (signo aparente de pared no medianera),
  • eras o traspatios,
  • zaguanes porticados,
  • llamadores, cerrojos y tiradores,
  • pozos,
  • pasajes bajo arco,
  • vestigios de casas fortaleza
Casa Sinet

Hay casas que conservan su entrada, patio y era en los que se exponen herramientas y objetos que se usaban en el día al día, como recuerdo de un pasado todavía cercano. Casas grans que durante siglos y con mucho esfuerzo movieron las piedras y troncos que se necesitaron para su construcción, ampliaciones y mantenimiento. Casas que también han ido renovando su aspecto, añadiendo elementos propios de cada época, adaptándose a las modas y necesidades. Algunas, desgraciadamente, deshicieron sus entradas para permitir el paso de tractores y remolques, o agrandaron bordas y pajares con materiales modernos, lo que les despojó de su encanto rústico y montañés, o han desmontado estructuras por estar en estado ruinoso. Alguna, incluso, vendió todas sus piedras -como casa Cortina-, para construir una casa en Villanova.

 

Pasaje bajo arco. Casa Sansón.
Arco en la Plaseta de Sansot.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ningún análisis es bueno si no se señalan las debilidades para poder mejorar; en lo que respecta al casco urbano y las casas que lo conforman, en Chía nos falla:

  • que las calles no estén empedradas,
  • que la mayoría de los tejados sean de chapa de uralita y
  • haber perdido las chimeneas cuadradas de piedra, estuvieran rematadas o no con la “piedra de las brujas” (la mayoría de las chimeneas se rehicieron con ladrillo vista en los años 50).
Chimenea de casa Santamaría antes del incendio de noviembre de 2019
Chimenea de casa Ramonot.

Balcón de casa Rafel.
Ventana de la Abadía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cualquier caso, es un pueblo bien cuidado y que tiene su encanto. No caben aquí las fotos de todos estos rincones y detalles con encanto que, según la estación o la hora del día, ofrecen matices diferentes. Poco a poco, los iremos detallando en sucesivas publicaciones, porque todos merecen su espacio y explicación.

Pasaje cubierto. Casa Mateu. Dibujo de Ramón Prior Canales2.

 

1Sobre un estudio publicado en Arquitectura Popular del Serrablo. Varios Autores. IEA. Estudios Altoaragoneses, nº26. Huesca, 1988.

2El Alto Ésera dibujado. Ramón Prior Canales. Huesca, 1994.

 

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GÜE MINCHARÉM ALLUBIAS

Como decíamos en la entrada del 22 de marzo de 2020, en https://villadechia.es/cocina-tradicional-de-la-villa-de-chia/  “En los tiempos de cocinar en la chimenea de casa, dentro del caldero o la olla se echaba lo que había, fuera poco o mucho, para que se cociera con calma y parsimonia. (…) La cocina es la alquimia del amor decía René Albert Guy de Maupassant, 1850-1893, (cronista y escritor francés de cuentos y novelas), y añadimos nosotros, el amor que transmitieron nuestras abuelas en sus platos para sacar el máximo partido de lo que había en la despensa, el corral, el huerto.”

Durante mucho tiempo se cocinó en las chimeneas, luego llegaron las cocinas económicas (de leña o carbón), después las de gas butano o gas natural, que dieron paso a las eléctricas, en sus sucesivas versiones. Las recetas se transmitían de madres a hijas, o de suegras a nueras. Y, como es natural, se fueron “enriqueciendo” a medida que llegaban otros ingredientes de la mano de los trachiners o de los propios habitantes del valle que iban y venían de Francia, Barbastro, Huesca o Zaragoza y teniendo presente que pimientos, tomates, patatas, maíz, girasol, boniato, entre otros, son productos que no llegaron a Europa hasta el siglo XVI, después el descubrimiento de América. En Europa había zanahorias, cebollas, ajos, nabos, arroz, aceitunas, vid, trigo…

 

Cocina económica de casa Ramondarcas. El origen de la cocina económica se remonta al siglo XVII, cuando fue patentada por inventor británico John Sibthrope.

En Chía se cultivan judías verdes en todos los huertos desde hace generaciones, como en todo el valle de Benasque, de una calidad remarcable. Se plantan en mayo y se recogen a partir de finales de julio y se comen durante todo el verano. Es una planta trepadora de la familia de las Fabáceas, de forma aplanada y alargada y color verde, que contiene varias semillas en su interior. La vaina es comestible y se considera una verdura cuando hablamos de judía verde y una legumbre cuando nos referimos a judía seca. Cuando se seca la vaina, las semillas de su interior adquieren colores diferentes en función de la especie y cambian sus propiedades nutricionales. Estas semillas reciben diferentes nombres, según el lugar:

– en Sudamérica las llaman “porotos”, “habichuelas”, “chauchas”, “ejotes” o “vainitas”,

– en Centroamérica, “fríjoles”,

– “fabes” en Galicia y Asturias, “fesols” en Mallorca y Valencia, “habichuelas” en Castilla, Murcia y Andalucía, “mongetes” en Cataluña.

Las “pochas” son una variedad de alubia que se consume fresca en septiembre, muy apreciadas en Navarra y País Vasco; la diferencia entre “pochas” y “alubias” es que las pochas se recogen antes de su maduración, cuando aún están tiernas y tienen un color pálido, pocho. Tienen menos piel, son menos harinosas y el sabor es más fino.

Esta legumbre procede de América, donde ya se cultivaba en Guatemala y Méjico hace más de 7.000 años. Los exploradores del continente americano las llevaron a Europa y de allí se extendió su cultivo a Asia y África.

Estos días hemos recogido las judías del huerto que ya se han secado y las hemos desgranado. La receta original de un guiso de alubias era básicamente “vegetariana”, ya que la disponibilidad de carne en siglos pasados era limitada; el echar unas verduras u otras también era en función de lo que se tenía a mano:

  • 500 gr de alubias
  • 1 zanahoria
  • 2 pimientos verdes (o 1 rojo y 1 verde)
  • 1 puerro
  • 1 cebolla
  • 1 tomate
  • 2 dientes de ajo
  • aceite de oliva y sal
  • pimentón dulce

En la olla se cuecen las alubias, entre hora y media y dos horas, con el agua en la que han estado a remojo desde la tarde anterior. Si se consume el agua de la olla en el proceso de cocción, se va añadiendo agua fría. Se pican todas las verduras y se hace un sofrito con el aceite justo; cuando la cebolla está transparente se añade el pimentón, que se sofríe un minuto, y añadimos el tomate troceado. Una vez tenemos el sofrito de las verduras hecho, se echa en la olla de las alubias y se cuece todo junto, para integrar los sabores. A las legumbres se añade la sal al final de la cocción, para evitar que la piel se endurezca. Si no queremos identificar las verduras en el guiso, se pasan por la batidora antes de incorporarlas a la olla. Cuando las alubias estén tiernas, se retira la olla del fuego.

 

A partir de aquí, a la receta se le pueden añadir patatas o arroz, para aumentar las raciones, o, para hacer el guiso más energético y consistente, también puede ponerse longaniza, tocino, chorizo, morcilla, costilla de cerdo, tajo bajo de cordero… “al haber y poder de la casa”.

Un truco: hervir aparte una patata a dados, con el agua justa y sal. Cuando esté cocida, triturar la patata en el agua de cocción y añadir a la olla de las alubias justo después de apagar el fuego.

Como siempre, estos guisos están más buenos al día siguiente que el mismo día de cocinarlos porque las proteínas se convierten en aminoácidos individuales que se comportan como “potenciadores del sabor”, porque el almidón/harina de las legumbres y patatas se descomponen en compuestos más sabrosos, porque los sabores aromáticos del ajo, la cebolla, la pimienta, el pimentón, se desarrollan con más fuerza 24 horas después y porque las grasas del guiso van trabajando para sacar todo el potencial de aromas y sabor de los ingredientes.

 

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