CHÍA, LO MILLÓ

Las fiestas de este año han sido intensas y muy disfrutadas por los cardigasos. La comisión de fiestas ha hecho un gran trabajo y merece un público reconocimiento y la gratitud de todos los que hemos participado; mas aún después de haber sido mayordoms durante tres años. Dice Angel Ballarín en su Diccionario de patués: «Además de criado encargado de la dirección de una casa, designa cada uno de los mozos directores de los bailes y demás diversiones de la juventud, durante las fiestas De la Villa. (…) Els mayordoms llében ramos mol majos ta fe el ball«.

Hoy hemos celebrado el día de La Encontrada, la patrona de nuestra Villa de Chía, yendo en romería y cantando los Gozos al final de la misa. El domingo pasado se hizo el baile de los mozos desde la iglesia hasta la ermita, con las castañuelas y la melodía «de toda la vida».

 

 

 

Los tiempos cambian. En los años 50 y 60 se hacía el baile con traje y corbata, como nos cuentan los mayores de nuestro pueblo. Progresivamente se fue relajando «la etiqueta», desaparecieron la corbata y la chaqueta, después la camisa, y se pasó a los vaqueros y una camiseta o polo.

 

 

 

 

A principios de los 90, Raúl Mur Castel de casa Ramonot, recién estrenada su condición de diseñador industrial, pensó en un eslogan que pudiera ponerse en una camiseta y ¡cómo no! lo pensó en patués: CHÍA, LO MILLÓ.

 

 

 

 

A partir de esta iniciativa, surgieron adaptaciones posteriores que fueron reflejándose en las camisetas y polos, con sucesivas versiones. Y también otras frases, como la de CHÍA, MES QUE MAI que acuñó Chemari Carrera Pons, o la de CHÍA, EL LLUGÁ DELS CARDIGASOS que llevamos en las camisetas actuales.

Camisetas para la fiesta, forros polares, sudaderas o adhesivos para los coches que recogen sentimientos de identidad y de cariño al llugá que nos han transmitido aquellos que nos precedieron. Y en memoria cariñosa de aquellos que no han estado hoy, por no poder venir, o por haber fallecido, han ardido las velas del lamapadario de la ermita.

 

 

 

 

Adiós, madre. 
Adiós, Virgen querida.
Otro año esperamos volver
a ofrecerte las más bellas rosas
de esperanza, de amor y de fe.

 

 

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José Ramón de BRINGUERÓN

Nos ha dejado José Ramón de Bringuerón. No ha sido ni a los 67 años ni por un cáncer, como solía decir que le llegaría el final. Hubiera cumplido 60 años el 31 de diciembre. Para mi padre, era como un hijo, para mí ha sido como un hermano.

Aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, en el día a día nos empeñamos en olvidar que en este mundo estamos “de paso”. Y son las muertes repentinas, como la que hoy nos reúne aquí, las que nos enfrentan con esta realidad. Como dijo Pau Donés, ”sed felices, porque la vida es urgente. La vida es una y es ahora; hay que vivirla a tope, con intensidad».

José Ramón vivió la vida intensamente, a tope, con alegría de vivir, sin miedo al qué dirán. Algunos incluso decían que «estaba loco», pero era la persona más cuerda de este valle. Probó trabajar en la ciudad, pero no le gustó. Tenía claro que lo suyo era estar en contacto con la naturaleza, trabajar en la tierra y de la tierra de su familia, por eso eligió vivir del campo, de las vacas y de la montaña. Disfrutaba con lo que hacía en su trabajo porque le gustaba lo que hacía. Decía verdades como puños, aunque se ganara enemigos. De “pronto” efervescente, que compensaba con su gran corazón. Era de pararse a hablar con la gente, de reuniones de familia, de estar con su madre, de no perderse las fiestas de los pueblos, de implicarse en los asuntos de bien común, capaz de transformar el dolor en fuerza motora para salir adelante, orgulloso de sus hijos y su mujer, un “virtuoso” del tractor, con una memoria de elefante, siempre pendiente de lo que sucedía a un lado y al otro de la Sierra de Chía.

Ayer comentábamos que ha sido una vida “muy vivida”, y que la vivió de acuerdo a unos valores que muchos hemos resaltado en estas últimas horas (honrado, generoso, trabajador, divertido, conversador, familiar, …) y con la voluntad de ayudar o ser útil a los demás y a su pueblo; sus valores y su voluntad de ser útil es lo que configuraba su especial filosofía de vida que él resumía con la palabra KARMA, como muchos sabéis.

 El karma, que es una palabra del sánscrito y hace referencia a la energía que se genera a partir de los actos de las personas; una energía que no se puede ver ni medir, un espíritu de justicia y equilibrio entre las acciones y las reacciones que se derivan de esas acciones (que incluyen la manera de actuar, de hablar y de pensar en la vida).

Sin embargo, a pesar de tener -digamos- un “buen karma” (término de las filosofías orientales), o de “pasar por el mundo haciendo el bien” (principio del cristianismo), ya nos adelantaba Homero en La Ilíada aquello de:

Morir es el destino,

y cuando llega la hora del hombre,

ni aún los dioses pueden ayudarle,

por mucho que puedan quererlo.

Y eso pasó el jueves, que le llegó la hora y los “dioses” no quisieron ayudarle, o “no pudieron”, porque es bien cierto que las condiciones de aislamiento sanitario en las que vivimos en estos valles de montaña, también ponen muy difícil que la ayuda especializada llegue a tiempo.

No es más grande quien más sitio ocupa, sino quien más vacío deja cuando se va. Y José Ramón deja un gran vacío entre nosotros… “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.

Tenía una sabiduría innata y un sentido analítico -entre cínico y jocoso- que no dejaba de asombrarnos, más a los foráneos que a los propios, como suele pasar. Era un personaje de los que hay pocos. Entre todos podríamos contar decenas de anécdotas vividas con él o recordar alguna de sus reflexiones en voz alta que sentaban cátedra. Muchos le habréis oído decir aquello de “hay dos cosas inevitables en esta vida, la muerte y el mes de agosto”, porque en agosto es complicado y peligroso moverse con el tractor y el remolque cargado esquivando gente, coches y turistas, y porque era de verdad consciente de que la muerte forma parte de la vida y llega, casi siempre, sin avisar.

 Lo echaremos de menos, con todas sus cosas buenas y con las menos buenas… porque no hay duda de que sus luces brillaron más que sus sombras, aunque algunos pensaran lo contrario. Fue una gran persona. Para saber que se le apreciaba de Benasque a Barbastro y de Aínsa a Castanesa, basta ver la gente que ha pasado por el tanatorio y la que ha subido a Chía a su entierro. Sabemos que se nos ha ido uno de esos montañeses de “estirpe genuina”, de los que casi no quedan porque están en peligro de extinción, de los que no todos pueden comprender -porque José Ramón era de una pasta diferente-.

Hablábamos los dos hace justo dos meses, después del funeral de Soledad de Toña, que se debería hacer una fiesta y brindar cuando alguien moría, para celebrar que había podido vivir, para hablar de su paso por este mundo, recordar sus aciertos y desaciertos, poder cantar a la vida con sus amigos y familiares … No puedo estar más de acuerdo, aunque, en nuestra cultura, lo de hacer una fiesta con música, baile, risas y copas a algunos les podrá parecer “fuera de norma”… pero ese era Bringuerón, siempre fuera de norma, único, diferente, irrepetible.

Hoy, cuando volváis a casa, levantad vuestra copa y dedicadle un brindis a José Ramón, que amó la vida y que dejó una impronta en este mundo que nos gustará recordar.

José Ramón, ha sido un orgullo y un privilegio haberte conocido, haber compartido batallas, proyectos y risas, y haber podido contar contigo siempre que fue necesario.

Nos dejas desconsolados, que lo sepas. Descansa en paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FRANCISA MARTÍN SAURA, de casa Matías

Paquita nació en casa Matías de Chía un 18 de abril de 1936; acaba de cumplir los 86 años. Hija de Teodoro Martín Plana, de casa Matías, y Concepción Saura Latorre, de casa Portella de Bisaurri. Le pusieron el nombre de su abuela paterna.

Es la última de seis hermanos: Ramón, José, Teodoro, Conchita, Eusebio y Paquita. Ramón, José y Teodoro estuvieron en Fernando Poo. Ramón y Conchita se quedaron en Chía, José y Teodoro se instalaron en Barcelona, Eusebio en Francia y Paquita en Figarol (Navarra).

Tiene familia en Castejón, unos hijos de su tía (hermana de su madre), también en Sesué, Sos y Villanova.

¿Qué recuerda de sus padres?

Concha y Teodoro, los padres de Paquita, en los años 60. Foto de casa MATÍAS.

Nos querían mucho. Mis padres vivieron un tiempo en Francia, luego regresaron a Chía. Yo también viví en Francia de muy pequeña, pero no me acuerdo. Estuvimos en Montauban cuando la guerra, habíamos pasado el Portillón de Benasque con nieve.

Mi madre había ido a la escuela en Francia, hablaba muy bien el francés. Era muy trabajadora y buena persona.

Mi padre tenía hermanos en Francia y hacían carreteras en Montsegur; durante muchos años estuvo pasando largas temporadas en Francia para trabajar con ellos.  Cuatro tíos se quedaron allí definitivamente [uno de ellos, el padre de Erlette Martín Plana de la que hemos publicado varias de sus pinturas en este blog y que vive en Burdeos].

Mientras mi padre estaba en Francia, el tío Juan de Chuana (su mujer era hermana de mi padre), pasaba todas las mañanas por casa Matías a beberse medio vasito de vino con un trozo de pan y, de paso, organizaba el día a mis hermanos: donde había que labrar para sembrar las patatas, si había que hacer leña, cuándo limpiar las cuadras, etc. Le quería como a un padre.

¿Qué nos cuenta de su infancia?

Casa Matías en Chía.

Jugábamos al marro, al pito (hacíamos una curra), al llibrat (no podías moverte hasta que te liberaban tocándote y decías llibrat); jugábamos juntos chicos y chicas.

Una tía de Sesué me dejó el vestido para hacer la Primera Comunión. Al salir de misa me lo quité y se lo llevó. Me puse un vestido rosa que me habían hecho para después de la ceremonia. Ese día hicimos la Comunión muchos niños y niñas.

Un día me fui a andar con mi hermana Conchita, que me subió al burro para que no me cansara. Me caí del burro y me rompí el brazo izquierdo, tendría unos 8 años. En Castejón me pusieron una venda con pesos y días después me lo enyesaron. Mi madre me puso un pañuelo para que lo llevara en cabestrillo y que no me pesara tanto. Al mes y pico, me quitaron el yeso y mi madre me hacía cargar medio cubo de agua varias veces al día para recuperar la fuerza y la movilidad, cuando íbamos a buscar agua al poset de Matías.

¿Qué recuerda del colegio?

Teníamos una maestra de San Feliu, Ascensión, que se alojaba en casa Siresa. Con ella estudiábamos mucho catecismo y nos contaba muchos cuentos. Entonces estábamos en el colegio hasta los 14 ó 15 años. También recuerdo al maestro de los chicos, José María. Era de Jaca y se alojaba en casa Bringué. Como los padres del maestro tenían una zapatería en Jaca, mi madre le encargó unos zapatos para mi, para los domingos. Aquí sólo había alpargatas y abarcas.

¿Qué comidas de entonces le vienen a la cabeza?

El recau (patatas hervidas, col y ensundia), las sopas de ajo, las patatas con sangre. El día que comíamos tortilla, ¡poco buena que nos sabía! Los domingos mi madre guisaba pollo. Las primeras casas que criaban pollos eran Toña, Matías y Taberna. En qué Matías había 24 gallinas todo el año. Pasaban el invierno en el corral de las vacas y no pasar frío; los días de sol las sacábamos a la era.

Y todas las conservas del cerdo: costilla, lomo, longaniza, morcillas, tortetas (negras y blancas), salar los jamones…

¿Qué hacía de jovencita?

Mis padres tenían ganadería, la tienda y el bar, había que ayudar en casa. En el campo había mucho que hacer: la hierba, las vacas, las patatas, el huerto… Ataba gavillas y feixinas, detrás de dos hombres que iban segando, luego había que llevarlas al pajar. También trabajé en casa Presín guardando las vacas; las sacábamos por la mañana y por la tarde.

A los 18 años fui a trabajar a Tarragona. Estuve dos años en el Seminario, cerca de la catedral. Trabajaba en la cocina pelando patatas, fregando platos y perolas… ¡solían servirse casi 300 comidas! En agosto teníamos vacaciones y volvía a Chía. Cogía el tren de Tarragona a Monzón y luego el coche de línea a Castejón; bajaba uno de mis hermanos a recogerme.

Luego llevé la tienda de Chía. Mis hermanos estaban en la Guinea. Cuando volvió mi hermano José después de pasar allí seis años, no lo conocía. Solían trabajar dos años y luego tenían 6 meses de vacaciones; pero como el viaje duraba un mes y si se quedaban les pagaban más, estuvo mucho tiempo sin venir.

Familia Martín Saura. Foto de casa MATÍAS. DELANTE: Conchita, Concha (madre), Teodoro (padre), Paquita. DETRÁS: Eusebio, Teodoro, José, Ramón

¿Qué nos cuenta de las fiestas?

Jugábamos y bailábamos en la plaza. Se plantaba un mallo para que subieran los mozos. Y se rifaba un cordero.

Los mozos iban a rondar a las mozas por las casas y recogían unas tortas o rosquillas. https://villadechia.es/ta-la-fiesta-se-feba-rosquilla/

Íbamos a La Encontrada y allí se bailaban dos bailes. Las cuatro mayordomas llevaban el estandarte: una el palo y tres las cintas.

El turronero venía todos los años; vendía barras guirlache, unas grandes y otras pequeñas. Se quedaba a dormir en la falsa de Matías durante las fiestas. Los músicos dormían en las habitaciones.

¿Qué menús se hacían antes para las fiestas de Chía?

Una olla de buen caldo para hacer sopa y comer la carne del cocido. De segundo, costillas de cordero asadas o cordero al chilindrón. De postre, madalenas, brazo de gitano, pastas de coco y sequillos.

Esos días las mujeres trabajábamos a destajo. Ahora se va al restaurante, pero antes había que dar de comer y cenar a todos los familiares que venían pasar los días de fiesta.

Los padres de Paquita en primer plano (Teodoro y Concha). Detrás, Conchita, Paquita y Ramón. Boda de Teodoro Martín Saura con Marina de Mateu.

¿Cuándo se casó?

En febrero de 1973 en la iglesia de San Francisco de Asís de Barbastro, con Joaquín Sahún, de casa Pascual de Sos. Nos conocimos porque íbamos a casa de la familia que teníamos en Sos cuando eran las fiestas.

Paquita y Joaquín
Paquita y Joaquín con sus padrinos de boda, Lisardo (casa Chongastán) y Ramona (casa Juanet de Urmella)
1973 – En la iglesia de San Francisco de Asís, Barbastro.

Al casarme, me trasladé a Figarol, donde llevé con mi marido la carnicería y el bar. Vendíamos los cerdos que criábamos y corderos que comprábamos.

Mi hijo José Antonio nació en 1974.

Juanjo de Chongastán y José Antonio, en Chía.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi marido murió el 8 de junio de 2012.

¿Qué le parecen los avances tecnológicos, cómo han cambiado la vida de las mujeres?

Yo siempre he visto la luz en casa y en Chía, aunque había pocas bombillas en la calle.

Íbamos a buscar el agua al poset de casa Matías con un palo en el cuello y un pozal en cada punta, era la collada.

Para lavar la ropa y los menudos de los corderos había que ir a los lavaderos: en La Canal, en el de Baix… ¡Teníamos sabañones en cantidad, en las manos y en los pies! En invierno teníamos que romper el hielo para poder lavar.

Ahora todo es fácil: cocinar, lavar, comprar, ir y venir, calentarse… todo… nada que ver con lo de antes.

¿Qué echa de menos?

Los días de la escuela y jugar con las amigas.

¿Una afición?

He cosido mucho y muy bien. Me ha gustado siempre. Y las flores, ¡me encanta cuidarme de ellas!

¿Un recuerdo que le haga feliz?

Nos juntábamos con los de Chuana, Chongastán y Aceiterero para matar el cerdo. Era una fiesta. Lo pasábamos muy bien. Para ese día se preparaban trunfas dan sanc con la sangre de una oveja o un cordero que se había matado.

Hacíamos paté con el hígado del cerdo, lo fileteábamos para freírlo, luego se trituraba con anís en grano, sal y pimienta. Se conservaba en frascos al baño María y se comía durante el año para merendar o cenar con una rebanada de pan.

La familia en Los Llanos del Hospital (finales de los 90 – principios 2000)

¿Qué conserva de Chía?

Me acuerdo de muchas cosas. No me acuesto sin rezar a la Virgen de La Encontrada.

¿El secreto para llegar tan bien a los 86 años?

¡Qué sé yo! Lo que siempre he hecho es pasear una o dos horas después de comer, en invierno, y después de cenar, en verano.

Cuando vivía en Chía, íbamos andando a Castejón por el camino viejo, ¡tardábamos hora y pico! Luego, subíamos bien cargados con las compras que habíamos hecho.

Ahora, le doy a unos pedales sentada en el sillón.

¿Algún consejo para los que vienen detrás?

Cada vez hay menos gente en los pueblos, no lo entiendo. En la capital se va siempre corriendo y no se come bien. En los pueblos se vive mejor, más tranquilo, hay tiempo para comer y se hace más ejercicio.

 

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