CASAS DE LA VILLA DE CHIA

Nueva España, 26 de enero de 1973.

El último día vimos las cifras de población de los pueblos del Valle de Benasque en distintos momentos de la historia. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX había en Chía más de 100 casas. En el artículo del Diario Nueva España (hoy Diario del Altoaragón) de enero de 1973 se nombran 30 casas cerradas en la primera mitad del siglo XX.

https://www.ine.es/intercensal/intercensal.do?search=1&cmbTipoBusq=0&textoMunicipio=Ch%C3%ADa

Sabemos que en el año 1.099 Pedro I de Aragón (1.068-1.104) donó al Monasterio de San Pedro de Taberna la Villa de Chía. Desde principios del siglo XI hay constancia documental de vecinos de Gia, pero el origen de Chía debe ser mucho anterior al siglo X. Según el fogaje (tributo o contribución que se pagaba antiguamente por habitar una casa) de 1495 en Chía había 38 fuegos (45 en Benasque, 19 en Bisaurri, 16 en Sahún, 13 en Castejón de Sos). Era un pueblo “importante” y consolidado. El nombre de estos 38 fuegos están recogidos en el libro de Antonio Serrano Montalvo, donde además reconocemos muchos de los nombres de las casas que siguen formando parte de Chía. Indica también las personas que ostentaban los cargos de responsabilidad civil.

Vecinos de CHÍA, en p. 337 de Serrano Montalvo1.

Toda esta información, junto con la tradición oral de algunos abuelos ya fallecidos, nos ha permitido elaborar una lista de muchas de las casas de ese momento de máxima población en Chía, en 1.900, cuando el censo registró 602 habitantes y 136 casas en nuestra Villa. Hasta entonces, los censos de población se hacían por casas, fuegos o vecinos (“el amo” de cada casa), tanto a efectos censales como fiscales. Lo vimos en https://villadechia.es/amillaramiento-catastro-de-1862/

Ubicación de las casas de Chía de finales del siglo XIX – principios del XX.

En esta relación hemos recogido nombres de las casas que recordaban personas nacidas en el último tercio del siglo XIX. En las tablas del final, de 1.880, vemos los nombres de las casas junto a su dirección y el nombre del cabeza de familia.

Analizando los nombres de las casas, aparte de las que llevan un nombre propio (con un origen más antiguo), vemos que hay albardero, aceiterero, tabernero, sastre, palomero, barbero, botiguero… pero como hemos ido viendo en otras entradas, también justicia, notario, cirujano… además de párroco, vicario, sacristán, ermitaño…

 

 

En estos 120 años, se han rehabilitado bordas, corrales y pajares y se ha construido en huertos y ferrayas, dando lugar a nombres nuevos, como El Hortal, La Ferraya, El Cantonet, La Viña, José Luis, Carlos, José, chalet de Presín, Cabanera, chalet de Cornell, Teresa, El Riu, por nombrar algunos. Apuntar también que hay nombres de casas que cambiaron al ser vendidas por los propietarios que se instalaron en Francia y que adquirieron el nombre del propietario nuevo (casa Bringuerón era antes casa Evaristo, por ejemplo); otras, sin embargo, mantuvieron el nombre, como casa Treseta, o casa Andrés. Y señalar que no es lo mismo “la casa” que la borda o el pallero; a día de hoy, la borda Botiguero y la borda Pedrón son viviendas, pero en 1.900 las respectivas casas estaban algo distantes de donde están ubicadas las bordas.

En los siglos XIV, XV y XVI en el valle de Benasque había trabajo y dinero (probablemente por el comercio con Francia). El siglo XVI y primer tercio del XVII fueron de especial esplendor económico, viendo las fechas grabadas en los dinteles de algunas casas de Chía y del valle (“las obras se fan dan las sobras”) y de acuerdo con los impuestos que nos consta que pagaba Chía al Rey de Aragón, como ya comentaremos otro día. Eran tiempos de monasterios y señores feudales. El Justicia deliberaba y dictaba sentencia sobre los conflictos. El Bayle era la cabeza del Concejo de la Villa.

Vimos en https://villadechia.es/de-guerra-en-guerra/ que hemos estado envueltos en muchos conflictos bélicos, lo que conllevó largos periodos de crisis. De todas formas, los cardigasos salieron adelante; el trigo, el ganado y la lana generaban trabajo y movían la economía. Y como Francia está aquí al lado, importamos algunas de las novedades del país vecino: relojes de pared, pianos, muebles, vajillas o gramófonos; también cristales, papel pintado, recetas de cocina y telas finas para la ropa de casa y de vestir. Eran manifestaciones de cierta capacidad económica.

Casa Pautorrén.
Casa Rafel.
Casa Francisa.

Entre 1850 y 1910 es el momento de mayor población, hay más nacimientos que muertes. Lo que lleva al límite de los recursos: no hay más tierra que cultivar, no hay más pastos que dar al ganado, no hay más terreno que aprovechar para mantener a toda la población. No queda más remedio que salir del valle a buscar trabajo para poder comer. La mayoría, hacia Pau y Burdeos, aunque también a Tarbes y Toulouse a desfonsá, que era picar la tierra parra arrancar las viñas infectadas por la filoxera; pero no sólo emigraron a Francia, también a otros países como veremos más adelante. La guerra civil y la posguerra no hicieron que empeorar la situación; en los años siguientes, la mayor parte de la población emigró hacia las ciudades para estudiar, encontrar un puesto de trabajo asalariado y, supuestamente, mejores condiciones de vida.

Seguimos perdiendo población, hay más defunciones que nacimientos; pero parece que la tendencia ahora es a retornar a los pueblos para tener mejor calidad de vida. Las vueltas que da el mundo.

 

 

 

Del centenar de casas que había en Chía en 1.880, pagaban impuestos 95:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1Serrano Montalvo, Antonio. La población de Aragón según el fogaje de 1.495. DGA. IEAA. 2009.

‘Miserables” eran las personas extremadamente pobres, con escasos recursos y sin apenas propiedades.

‘Pordioseros’ eran las personas sin recursos que en la Edad Media vivían de pedir limosna usando la coletilla “Deme una limosna, por Dios” o “Por Dios, una limosna”. Al ser considerados como “profesionales de la mendicidad”, se añadió la terminación “ero” a dicha coletilla (por-dios-ero), como se hacía para otros oficios: carpintero, herrero, albardero, panadero…

 

 

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RINCONES Y DETALLES CON ENCANTO

Tenemos pendiente hablar de la “casa”, la unidad estructural básica de la sociedad pirenaica hasta mediados del siglo XX. La “casa” es el conjunto de los habitantes, propiedades, animales y construcciones que conforman la unidad autosuficiente para vivir, la célula que tiene todo lo que hace falta para que el ciclo de la vida siga su curso. Esta unidad debía pervivir en el tiempo y en el espacio; por eso había un único heredero, ya fuera hombre o mujer, lo que llevó a que las casas tuvieran un nombre, independientemente del apellido . Este nombre hace referencia1 al apellido/origen del fundador (40%), al nombre propio de uno de sus habitantes (30%), al oficio que en su inicio les caracterizó (20%), o a alguna característica físico-psicológica de alguno de la casa (10%). En 2021 abordaremos la casa, los trabajos específicos de los hombres, las mujeres, así como el ciclo de la vida que se mantuvo casi inalterable hasta que se produjo el éxodo masivo hacia las ciudades.

Torre de casa Santamaría. Dibujo de Ramón Prior Canales2.
Galería (hoy desmontada) sobre era. Dibujo de Ramón Prior Canales2.

Proponemos hoy una “visión general” de las casas de Chía, sobre los aspectos más arquitectónicos y sin entrar en demasiado detalle. La estructura de Chía no es tan apiñada como la de Cerler, Shaún o Sesué, tampoco es un núcleo de construcciones histórico-artísticas excepcionales (con excepción del ábside de la iglesia de San Martín) como puedan ser otros pueblos del Pirineo, pero sí podemos señalar multitud de elementos y puntos “auténticos” de arquitectura popular o, simplemente, con sabor rústico, antiguo, montañés y muy pirenaico que merecen ser conservados y valorados:

  • puertas doveladas y ventanas adinteladas,
  • escudos y cabezas,
  • inscripciones y símbolos tallados en dinteles de puertas y ventanas y en muros,
  • sobrias fachadas, galerías y pequeños balcones,
  • piedras pasaderas (signo aparente de pared no medianera),
  • eras o traspatios,
  • zaguanes porticados,
  • llamadores, cerrojos y tiradores,
  • pozos,
  • pasajes bajo arco,
  • vestigios de casas fortaleza
Casa Sinet

Hay casas que conservan su entrada, patio y era en los que se exponen herramientas y objetos que se usaban en el día al día, como recuerdo de un pasado todavía cercano. Casas grans que durante siglos y con mucho esfuerzo movieron las piedras y troncos que se necesitaron para su construcción, ampliaciones y mantenimiento. Casas que también han ido renovando su aspecto, añadiendo elementos propios de cada época, adaptándose a las modas y necesidades. Algunas, desgraciadamente, deshicieron sus entradas para permitir el paso de tractores y remolques, o agrandaron bordas y pajares con materiales modernos, lo que les despojó de su encanto rústico y montañés, o han desmontado estructuras por estar en estado ruinoso. Alguna, incluso, vendió todas sus piedras -como casa Cortina-, para construir una casa en Villanova.

 

Pasaje bajo arco. Casa Sansón.
Arco en la Plaseta de Sansot.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ningún análisis es bueno si no se señalan las debilidades para poder mejorar; en lo que respecta al casco urbano y las casas que lo conforman, en Chía nos falla:

  • que las calles no estén empedradas,
  • que la mayoría de los tejados sean de chapa de uralita y
  • haber perdido las chimeneas cuadradas de piedra, estuvieran rematadas o no con la “piedra de las brujas” (la mayoría de las chimeneas se rehicieron con ladrillo vista en los años 50).
Chimenea de casa Santamaría antes del incendio de noviembre de 2019
Chimenea de casa Ramonot.

Balcón de casa Rafel.
Ventana de la Abadía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cualquier caso, es un pueblo bien cuidado y que tiene su encanto. No caben aquí las fotos de todos estos rincones y detalles con encanto que, según la estación o la hora del día, ofrecen matices diferentes. Poco a poco, los iremos detallando en sucesivas publicaciones, porque todos merecen su espacio y explicación.

Pasaje cubierto. Casa Mateu. Dibujo de Ramón Prior Canales2.

 

1Sobre un estudio publicado en Arquitectura Popular del Serrablo. Varios Autores. IEA. Estudios Altoaragoneses, nº26. Huesca, 1988.

2El Alto Ésera dibujado. Ramón Prior Canales. Huesca, 1994.

 

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COFRADÍA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

En 1886, en el inventario anual que el párroco de Chía enviaba al Obispo de Barbastro, constan dos libros: el de la cofradía de Nuestra Señora del Carmen (de la iglesia de San Martín) y el de la cofradía del Santísimo Rosario (de la iglesia de San Vicente). En este último, en la primera página vemos escrito que se fundó en 1760. Comentamos en la entrada https://villadechia.es/la-despierta-y-el-rosario-de-la-aurora/ que también hay constancia escrita de la Cofradía del Nombre de Jesús, fundada el 15 de abril de 1602 a instancia de los dominicos de Graus y adscrita a la iglesia parroquial de San Vicente. Desconocemos, de momento, si la Cofradía del Rosario fue la transformación de la del Nombre de Jesús.

El primer domingo de octubre se cambiaba la Junta de la Cofradía del Rosario en Chía. Y el día de la Virgen del Rosario era el día de la Cofradía y se hacía una misa. Si no se asistía, el cofrade pagaba una multa, 2 pesetas en los años 40 y 5 pesetas en los años 50. Los cofrades también organizaban misa para el día de San Lorenzo, el 10 de agosto. En la Junta de 1965 se estipula que las multas serán de 15 pesetas, que los ancianos quedan exentos de asistir y que “entrar” en la Cofradía después de muerto costará 50 pesetas. En 1995 se hace la última misa de cofrades. En los años 90 se pagaban 1.000 pesetas al cura por las dos misas de la Cofradía (10 agosto y 7 octubre).

En la Cofradía se inscribía al heredero de la casa y a su esposa el año del matrimonio. Se pagaban anualmente 6 pesetas (años 40), 12 pesetas (años 50 y 60). Para “entrar” después de muerto se pagaban 35 pesetas en los años 40, 50 pesetas en los años 50, 100 pesetas en 1955. Con los ingresos se pagaba a los enterradores, las velas, la cruz para la tumba, algunas telas y las dos misas de la cofradía.

Nos explicó Juan de Chongastán que la Cofradía se fundó en el siglo XVIII porque hubo una peste y había que asistir a mucha gente; muchos huyeron, pero los que quedaron tenían que hacerse cargo de los muertos. De esta forma, se participaba de forma solidaria en los entierros, se acompañaba a la familia durante el sepelio, el enterramiento y las oraciones que se hacían en la casa del difunto.

No hemos encontrado ninguna referencia a epidemia de peste en 1760, pero en los siglos XVIII y XIX a las epidemias se las denominaba “pestilencias”. En 1348 una gran epidemia de peste arrasó la Corona de Aragón y toda Europa; se calcula que de 70 millones de habitantes, murieron 30 millones. El 30 de abril de 1349, tras la peste negra que azotó Ribagorza, las villas y lugares del Condado solicitaron al infante Pedro medidas fiscales que paliasen las consecuencias de la “mortandad universal que sucedió el año pasado” y él, “aceptando benignamente su súplica”, aceptó que las cargas fiscales se redujeran indefinidamente en un 25%.1

El triunfo de la Muerte de Pieter Brueghel el Viejo. Un óleo sobre tabla de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562 de la Escuela flamenca del siglo XVI. Desde 1827 forma parte de la colección del Museo del Prado.

El reino de Aragón sufrió otra gran epidemia de peste en 1653. La peste remitió en Europa en el siglo XVIII, pero tomaron el relevo otras enfermedades contagiosas: la malaria (o paludismo), el tifus, la tuberculosis, el cólera, la viruela, la difteria o la fiebre amarilla, enfermedades que pudieron controlarse con la aparición de las vacunas y los antibióticos, así como de la mejora de las condiciones higiénico-sanitarias de la sociedad, de los mercados, las aguas y los sistemas de alcantarillado. Y en 1918 y 1919 la epidemia de gripe que brotó con la 1ª Guerra Mundial. Dos cosas eran importantes, el aislamiento/confinamiento y dar solución al elevado número de cuerpos de personas fallecidas.

Es muy comprensible, visto el panorama desolador que acompañaba a estas epidemias, surgieran estas cofradías a modo de mutualismo social cumpliendo una función de ayuda comunitaria y de participación social que, hoy en día, se ha perdido. Desde el nacimiento a la muerte, cada persona de la comunidad estaba “acompañada”: la comadrona, parientes y vecinas “ayudaban” en el parto, los cofrades y parientes “acompañaban” en el “último viaje”, haciendo a todos partícipes del “ciclo de la vida”. Además, en caso de apuro económico, la Cofradía lo prestaba a los cofrados con un interés del 5%.

En Chía, el prior de la cofradía pasaba por el pueblo avisando de “cuerpo presente” porque era obligatorio ir a los funerales, so pena de multa. Dos hombres hacían la fosa en la que se iba a enterrar al difunto, por turno riguroso. Si el difunto era un familiar del cofrade al que le tocaba hacer la fosa, se pasaba al siguiente. La fosa era de dos metros de largo, por uno y medio de ancho y dos metros y medio de hondo. Nos cuentan los mayores de Chía que cuando se cavaba en el cementerio, “salían los huesos al cavar y había que tener estómago”. Lo más duro era enterrar a los niños, recuerdan a Carmencita y Marsialet, enterrados en San Martín.

En 1990 se estrenó el cementerio nuevo de Chía y dejaron de enterrarse difuntos en los cementerios anexos a las iglesias de San Vicente y San Martín. La primera que fue sepultada en el nuevo cementerio de nichos fue María Lacorte, de casa Taberna, fallecida el 17 de mayo de 1990. Ya había  pompas fúnebres que gestionaban todo el funeral, pero aún así se mantuvo la presencia de la Cofradía en los funerales. El último difunto inscrito en el libro de la Cofradía del Rosario fue Juan Mur Blanc, de casa Garsía, fallecido el 1 de mayo de 2004. Y el último prior que consta en el libro es Luis Mur, de casa Siresa, que entregó el libro de cofrades y el de cuentas el primer domingo de octubre de 2004.

 

1 Tomás Faci, G. 1348. La peste negra llega a Ribagorza. Guayente nº 115, abril 2020. pp.12-14.

 

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