José Ramón de BRINGUERÓN

Nos ha dejado José Ramón de Bringuerón. No ha sido ni a los 67 años ni por un cáncer, como solía decir que le llegaría el final. Hubiera cumplido 60 años el 31 de diciembre. Para mi padre, era como un hijo, para mí ha sido como un hermano.

Aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, en el día a día nos empeñamos en olvidar que en este mundo estamos “de paso”. Y son las muertes repentinas, como la que hoy nos reúne aquí, las que nos enfrentan con esta realidad. Como dijo Pau Donés, ”sed felices, porque la vida es urgente. La vida es una y es ahora; hay que vivirla a tope, con intensidad».

José Ramón vivió la vida intensamente, a tope, con alegría de vivir, sin miedo al qué dirán. Algunos incluso decían que «estaba loco», pero era la persona más cuerda de este valle. Probó trabajar en la ciudad, pero no le gustó. Tenía claro que lo suyo era estar en contacto con la naturaleza, trabajar en la tierra y de la tierra de su familia, por eso eligió vivir del campo, de las vacas y de la montaña. Disfrutaba con lo que hacía en su trabajo porque le gustaba lo que hacía. Decía verdades como puños, aunque se ganara enemigos. De “pronto” efervescente, que compensaba con su gran corazón. Era de pararse a hablar con la gente, de reuniones de familia, de estar con su madre, de no perderse las fiestas de los pueblos, de implicarse en los asuntos de bien común, capaz de transformar el dolor en fuerza motora para salir adelante, orgulloso de sus hijos y su mujer, un “virtuoso” del tractor, con una memoria de elefante, siempre pendiente de lo que sucedía a un lado y al otro de la Sierra de Chía.

Ayer comentábamos que ha sido una vida “muy vivida”, y que la vivió de acuerdo a unos valores que muchos hemos resaltado en estas últimas horas (honrado, generoso, trabajador, divertido, conversador, familiar, …) y con la voluntad de ayudar o ser útil a los demás y a su pueblo; sus valores y su voluntad de ser útil es lo que configuraba su especial filosofía de vida que él resumía con la palabra KARMA, como muchos sabéis.

 El karma, que es una palabra del sánscrito y hace referencia a la energía que se genera a partir de los actos de las personas; una energía que no se puede ver ni medir, un espíritu de justicia y equilibrio entre las acciones y las reacciones que se derivan de esas acciones (que incluyen la manera de actuar, de hablar y de pensar en la vida).

Sin embargo, a pesar de tener -digamos- un “buen karma” (término de las filosofías orientales), o de “pasar por el mundo haciendo el bien” (principio del cristianismo), ya nos adelantaba Homero en La Ilíada aquello de:

Morir es el destino,

y cuando llega la hora del hombre,

ni aún los dioses pueden ayudarle,

por mucho que puedan quererlo.

Y eso pasó el jueves, que le llegó la hora y los “dioses” no quisieron ayudarle, o “no pudieron”, porque es bien cierto que las condiciones de aislamiento sanitario en las que vivimos en estos valles de montaña, también ponen muy difícil que la ayuda especializada llegue a tiempo.

No es más grande quien más sitio ocupa, sino quien más vacío deja cuando se va. Y José Ramón deja un gran vacío entre nosotros… “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.

Tenía una sabiduría innata y un sentido analítico -entre cínico y jocoso- que no dejaba de asombrarnos, más a los foráneos que a los propios, como suele pasar. Era un personaje de los que hay pocos. Entre todos podríamos contar decenas de anécdotas vividas con él o recordar alguna de sus reflexiones en voz alta que sentaban cátedra. Muchos le habréis oído decir aquello de “hay dos cosas inevitables en esta vida, la muerte y el mes de agosto”, porque en agosto es complicado y peligroso moverse con el tractor y el remolque cargado esquivando gente, coches y turistas, y porque era de verdad consciente de que la muerte forma parte de la vida y llega, casi siempre, sin avisar.

 Lo echaremos de menos, con todas sus cosas buenas y con las menos buenas… porque no hay duda de que sus luces brillaron más que sus sombras, aunque algunos pensaran lo contrario. Fue una gran persona. Para saber que se le apreciaba de Benasque a Barbastro y de Aínsa a Castanesa, basta ver la gente que ha pasado por el tanatorio y la que ha subido a Chía a su entierro. Sabemos que se nos ha ido uno de esos montañeses de “estirpe genuina”, de los que casi no quedan porque están en peligro de extinción, de los que no todos pueden comprender -porque José Ramón era de una pasta diferente-.

Hablábamos los dos hace justo dos meses, después del funeral de Soledad de Toña, que se debería hacer una fiesta y brindar cuando alguien moría, para celebrar que había podido vivir, para hablar de su paso por este mundo, recordar sus aciertos y desaciertos, poder cantar a la vida con sus amigos y familiares … No puedo estar más de acuerdo, aunque, en nuestra cultura, lo de hacer una fiesta con música, baile, risas y copas a algunos les podrá parecer “fuera de norma”… pero ese era Bringuerón, siempre fuera de norma, único, diferente, irrepetible.

Hoy, cuando volváis a casa, levantad vuestra copa y dedicadle un brindis a José Ramón, que amó la vida y que dejó una impronta en este mundo que nos gustará recordar.

José Ramón, ha sido un orgullo y un privilegio haberte conocido, haber compartido batallas, proyectos y risas, y haber podido contar contigo siempre que fue necesario.

Nos dejas desconsolados, que lo sepas. Descansa en paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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