TRUCA A LA RABASA

Siempre que abordamos las tradiciones religiosas, hacemos el apunte de que cada época histórica ha tenido sus creencias y ritos, que se han ido transformando y adaptando a las “nuevas corrientes” propias de cada nueva civilización que se instalaba en el territorio, sin perderse del todo los ritos y costumbres anteriores.

El “saber hacer fuego” fue un gran avance para la raza humana; de hecho, el culto al fuego lo vemos en todas las civilizaciones antiguas, mucho antes de la aparición del cristianismo. Dice Violant i Simorra1 del fuego de Navidad en el Pirineo español: “la Navidad antigua fiesta del solsiticio de invierno fue, hasta hace pocos años, una de las más características de los Pirineos; pero a la liturgia cristiana se mezclan no pocas notas del paganismo, siendo las más interesantes las relacionadas con el leño o tizón de Navidad y las hogueras públicas (…)”

Anterior a 1936. FOTO: Ricardo Compairé. Fototeca DPH.

Hace años, en Chía se reunían en Nochebuena alrededor de una hoguera que ardía toda la noche en la plaza. Al salir de la misa del gallo se juntaban alrededor de la hoguera para comer figas y nueses, beber poncho calén y cantar villancicos. De esta forma, en aquellos tiempos en los que no había ni luz, ni calefacción en las casas, era una forma de reunirse y de estar calientes, de celebrar todos juntos la fiesta de Navidad. El que la hoguera pública durara más o menos tiempo dependía de la cantidad de leña que se había recogido los días (o semanas) previos. En cualquier caso, las brasas y troncos que no se habían consumido completamente se transportaban a las casas para que terminaran de quemar en las chimeneas y braseros. ¿Esta costumbre (ya perdida) puede tener su origen en la costumbre griega y romana de conservar fuego encendido en el altar de los dioses que había en todos los hogares?

Tronca de Navidad de Casa Chongastán en versión 2020.

Otra tradición de esta tierra pirenaica era la de “Truca a la Rabasa”, la tronca de Navidad, que aún se conserva en las casas con niños pequeños. Según Antonio Beltrán2, la tronca simbolizaría “la raíz de la casa” que está vinculada al fuego y a la familia. Se coloca en la sala-cocina, junto al hogar bajo, para que los niños le den golpes con un palo o el atizador mientras recitan alguna de las versiones:

Rabasa de Nabidat                                                               

caga torrons,                                                                         

no cagues bellotas                                                                

que son ágras,                                                                      

caga torrons

que son dolsets

 

Rabasa de Nabidat

caga torrons,

pixa vino bllanco

y moltas golosinas

Roberto Bada Nerín “trucando a la rabasa”. FOTO: Casa Presín.

 

 

 

 

 

 

 

 

La tronca es un tronco grande hueco o con agujeros (un tocón de árbol con la parte gruesa de la raíz) para poder esconder los turrones, mandarinas, guirlaches, chocolate, galletas, nueces, higos secos o caramelos que iban saliendo (con “ayuda” de los mayores) cuando los niños la golpeaban. La tronca podía guardarse de un año para otro, o quemarse al final de las fiestas para esparcir las cenizas en los campos y huertos, con la intención de protegerlos y para aportar fertilidad. El cabeza de familia bendecía y presignaba la tronca rociándola con vino (“bautisá la tronca”) antes de que los niños empezarán a golpearla; algunos recitaban:

Buen tisón, buen varón                                                    

Buena casa, buena brasa                                               

Dios bendiga                                                                      

a l’amo y dueña                                                                 

d’ista casa.

 

Buen tirón, buen varón

Buena casa, buena brasa

Dios mantenga

els d’ista casa

Carolina, Alejandro, Roberto y Juan recogiendo una buena tronca en Santa Ana, 1999. FOTO: Casa Presín.

Momentos de magia y entusiasmo que niños y adultos disfrutaban en familia. La tradición de que los Reyes Magos dejaran regalos a los niños es relativamente reciente, se inició a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la tradición de la tronca se remonta a muchos siglos atrás.

Las hogueras de las plazas son un “ritual exterior o público”; la tronca es un “ritual interior o íntimo de la familia”. Estos rituales de Navidad, paganos en su origen, coinciden con el solsticio de invierno, cuando se invierte la proporción luz/oscuridad y los días empiezan a alargarse. La Navidad celebra el nacimiento de Cristo, Luz y Vida para los cristianos. Para algunos investigadores, el fuego es un símbolo de purificación (quemar todo lo malo, perjudicial o dañino), para otros, es un símbolo de la luz y calor del sol. Cristo viene a purificarnos, a librarnos del pecado original, a traernos la luz (y el calor) de la salvación.

Las creencias fueron cambiando a lo largo de miles de años, mientras que los rituales/celebraciones se han ido conservando para facilitar la aceptación popular… con las adaptaciones oportunas; aunque no sabemos si acabaran por olvidarse tradiciones que tienen siglos de trayectoria y que, aparte de ser manifestaciones externas de celebraciones más o menos paganas, más o menos religiosas, han sido esencia de la convivencia en los pueblos y las familias.

 

1VIOLANT I SIMORRA, R. El Pirineo español. Madrid, 1949. pp.558

2BELTRÁN, A. Diciembre y sus fiestas. Heraldo de Aragón, 22 de diciembre de 1991.

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FORTS DE CALSÍNA

La Sierra de Chía es de piedra caliza. Decía1 Saturnino López Novoa sobre Chía en 1870: “(…) Abunda la piedra de cal, y la que se elabora es superior a la de todo el país por su fortaleza y blancura.” Y este fue un oficio artesano alternativo a la actividad agrícola-ganadera de los cardigasos del que, como hemos visto, tenemos referencia escrita de hace 150 años. La sabiduría y experiencia para preparar el horno y saber cuándo la piedra estaba cocida, se transmitía de generación en generación. Transportar las piedras, cortar la leña y mantener el horno encendido, se hacía a vecinal.

Para obtener la cal, es necesario someter a la piedra caliza a un proceso de calcinación, lo que se conoce como “cocer la cal”. En varios “formatos”, desde cal viva a cal hidratada, se trata de productos alcalinos, de bajo coste para tratar el agua de consumo, los lodos y las aguas residuales (elimina la turbidez, elimina impurezas y neutraliza la acidez), cicatrizar las “heridas” de la poda, sulfatar, limpiar las tripas de los corderos, desinfectar los cerdos, preparar la argamasa (cal, arena y agua) –cálso en patués- para la construcción, para encalar los muros de las casas y desinfectar las cuadras (porque elimina bacterias, hongos e insectos). En tiempos de pestes y gripes, consiguió frenar la propagación de estas epidemias en más de un municipio.

La cal ya se utilizaba como desinfectante desde la época romana, tanto para las construcciones, como para enterrar a los muertos (y evitar que fueran focos contaminantes). Aplicada en los muros exteriores refleja el calor y deja transpirar los muros; pero también tiene una función antiséptica o desinfectante aplicada en los muros interiores. La cal fue fundamental para ligar morteros, pinturas y revestimientos en la construcción hasta la revolución industrial y el descubrimiento del cemento en Portland en 1824. Todos los edificios medievales que se conservan, así como sus frescos y estucos, se hacían con cal.

Era un trabajo duro que se servía de la piedra caliza y la leña de boj, ambas muy abundantes en Chía. El horno de cal solía estar ubicado en las proximidades de la cantera. Los hornos estaban encendidos, al menos, tres días y dos noches para “cocer” las piedras a fuego vivo. Los hombres se quedaban junto al horno para alimentarlo de leña constantemente. Luego se tapaba la entrada (por donde se metía la leña) y la salida de la chimenea, dejando sólo un pequeño orificio, para que se terminara de cocer durante el tiempo que tardaba en enfriarse (entre 5 y 7 días). Al terminar el proceso, se destapaba y se sacaba la cal, se cargaba en espuertas y se repartía entre los que habían participado en la elaboración. La producción era autosuficiente para todas las casas de Chía e, incluso, se abastecía a otros pueblos del Valle.

Solía hacerse la cal en primavera. Se buscaba un lugar con pendiente, para que fuera más fácil cargarlos. Se construían sobre un hoyo circular, sobre los que se levantaban las paredes, hasta cerrarlas con una bóveda.

Agapito de Dorotea

Agapito Mur, de casa Dorotea, hizo mucha cal “a vecinal” en los años 50. Nos explica los pasos que se seguían:

1.- “Preparar los fardos de ramas de buixo, que hacían mucha llama y poca ceniza. Se dejaban secar en el monte unos meses antes de transportarlos al horno”. [Para una hornada eran necesarios entre 2.000 y 3.000 fajos de ramas (de unos 30-35 kg cada uno)].

2.- “Organizar las piedras calizas por tamaños cerca del horno”. [Para cada hornada hacían falta de 30.000 a 60.000 kilos de piedras (= 60 toneladas o 1.300 quintales)].

3.- Parar el horno. “Esto era la parte más difícil: había que colocar las piedras en hileras que cada vez se cierran más, hasta formar la bóveda del horno, sin que se caigan y procurando que queden bien ajustadas. En la parte más baja quedaba abierta la boca del horno, por donde se alimentaba el fuego. Santamaría y Galino eran muy buenos ta pará el fort. A veces subía Artiga de Castejón , que era albañil.”

4.- Calcinación. “Se prendía el fuego en la parte inferior y se mantenía la llama mientras duraba el proceso de la calcinación, día y noche, para lo que había que introducir ramas constantemente”. [La llama debía salir por la parte superior del horno con el fin de “caldear” las piedras y mantener así temperaturas de unos 1.000ºC (a partir de los 800º el carbonato cálcico elimina el anhídrido carbónico y pasa a óxido de calcio)]. “Cuando estaban blancas, había finalizado el proceso”.

5.- Obtener la cal. “Las piedras se sacaban por la parte superior del horno y se transportaban hasta las casas, donde se mantenían protegidas de la humedad en recipientes metálicos hasta que iban a ser utilizadas, porque la cal se pudre”.

La producción de cada hornada llevaba casi un mes: una semana para cargar el horno, una semana para la cocción, una para el enfriamiento y una para sacar la cal producida.

No disponemos, hasta el momento, de imágenes que ilustren aquella actividad en Chía. Podemos hacernos una idea viendo el siguiente vídeo que explica cómo hacían la cal en Orgaz (Toledo) https://youtu.be/pZ_qoSc4FjQ Las herramientas y los procesos aquí recibían otro nombre, no se usaba hojuela como combustible, las piedras se organizaban de otra manera; pero, detalles aparte, la esencia del duro y largo trabajo era la misma.

Fort de Las Lléras, sobre las casetas del cruce
Fort de la Pllana de Cuancas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Chía tenemos localizados restos de cinco hornos de cal. Agradecemos las indicaciones a Gregoria, Chongastán, Dorotea, Treseta, Riu y a Generosa. También a MASPIRINEO por las coordenadas y las fotos. Si alguno de los lectores tiene localizado algún otro horno, lo incluiremos en la lista (porque sabemos que había también hornos en La Matosa de Cornel, debajo de Sobrepiara, en Ros, el Puso Sansón):

  • Pllana de Cuancas, en la Costereta: 42.51542ºN  0.47488ºE (1.295 m. altitud)
  • El Fornaset, en las Carreras junto al pinar
  • Artiga de Toña, donde ponían trigo
  • Las Lléras, encima de las casetas del cruce de la carretera: 42.51368ºN  0.48113ºE (980 m.)
  • Debajo de La Encontrada: 42.51300ºN  0.47284ºE (1.189 m. altitud)
Juan de Chongastán en Penatrencada, julio 2020

El último horno que fabricó cal en Chía fue el Fort del Fornaset. Juan de Chongastán, que estuvo alimentando el fuego de aquella hornada (pocos días antes de cumplir 18 años), nos explica: “El último día que quemó el horno fue la noche que nació Mari Luz Pallaruelo (15 de marzo de 1961), Marie. Al haz de buixo se le llama truésa en patués; las ramas se ataban con berdiasos d’albá (fibras o “mimbres” de abedul)Una cólla (cuadrilla) de 20-30 hombres cargaban la leña hasta el horno, cada uno llevaba una truésa (fajo de boj) al cuello. Los jornales se pagaban con quintales2 o cuartillos de cal (un cuartillo = 1/4 de fanega = 12,50 kg). Por la noche se quedaban cuatro hombres para alimentar el fuego, que se turnaban de dos en dos para que estuviera siempre encendido. Las truésas se empujaban dentro del horno con la forcana (horca larga)”.

Fort de La Encontrada
Fort de La Encontrada

 

 

 

 

 

 

Los hornos de cal son un patrimonio que debemos conservar como parte de nuestra historia, pero también como parte de la oferta natural y cultural que podemos mostrar a los visitantes. Nos permitimos remarcar que la fabricación de cal y los hornos (construcciones de piedra seca), han sido declarados por la UNESCO “patrimonio inmaterial de la humanidad”.

Desde la visión de que el patrimonio cultural es un “activo económico local” y un recurso para el desarrollo sostenible, es deseable acometer las obras necesarias (¿desde el Parque Cultural Valle de Benasque, la Comarca, la DPH, la Comunidad Autónoma…? ¿o tendremos que promover el micromecenazgo o apadrinar un horno entre varias casas?) para conseguir:

– reconstruir la estructura completa de uno de los hornos y

– consolidar los restos de los restantes, estableciendo un perímetro de protección;

– además de diseñar y señalizar un sendero interpretativo que nos acerque a esta actividad artesana de muchos siglos de trayectoria.

 

 

1López Novoa, Saturnino. HISTORIA DE BARBASTRO. 1870. Tomo II. p.245.

2Un quintal era una antigua unidad de medida de masa. Equivalía a 100 libras castellanas (46 kg). La cuarta parte de un quintal era una arroba.

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TA DISIEMBRE, CREMA LLEÑA Y DUERME

Desde enero hemos ido recordando mes a mes los refranes que hacían referencia a la época del año. Dichos y refranes que son el resultado de la observación, de la experiencia y, por supuesto, de la gracia, el ingenio, la inocencia o la maldad de aquella gente que sufría los rigores de una vida y de una climatología que hoy en día sobrellevamos con bastante menos sufrimiento. De esta forma, el aprendizaje acumulado se transmitía de generación en generación. Hemos seleccionado dos fotos de Ricardo Compairé Escartín hechas entre 1920-1936 y que se conservan en la fototeca de la Diputación Provincial de Huesca.

Rasal. Familia en la cocina. fototeca DPH.
Cocina en Novales. Fototeca DPH.

 

 

 

 

 

 

 

En diciembre hace tanto frío y el día es tan corto, que cuando no había luz ni calefacción, no quedaba otra que tener la chimenea en marcha y, si hacía mucho frío, no moverse de la cama. Así que: Ta disiembre, crema lleña y duerme. Eso sí, conviene saber que no calientan igual todas las maderas. Dicen los abuelos: la lleña de búixo [boj] y de queixígo [roble] fan mol buen foc. Y un buen fuego era lo que hacía falta ta billá [pasar la velada]. Noviembre, diciembre, enero y febrero son los meses con las noches más largas y frías, con poco que hacer, y se pasaban en familia y con los vecinos, contando historias y jugando a cartas.

Otro refrán relacionado con el mal tiempo de estas semanas es el de Dios mos llibre de la neu polbina y la mala besina. La nieve recién caída que se arremolina con el viento (turberas) es muy peligrosa y temida en la montaña, porque puede causar la muerte de animales y de personas. Sobre las “malas vecinas”, poco más hay que añadir.

Berche para proteger las verduras de invierno.
Col cultivada en Chía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En diciembre se construye el berche con una estructura de palos sobre los que se colocan ramas de boj, para proteger del hielo y la nieve las escarolas y las coles de invierno que crecen debajo. Mucho antes de que existieran los plásticos o las mallas térmicas para las plantas, los huertos y jardines, aquellos que nos precedieron sabían cómo proteger sus verduras para que no les faltaran en invierno. Esta es una palabra en patués que no está recogida en el diccionario de Ángel Ballarín ni en el de Carmen Castán, MJ Subirá y JA Saura. Hay unas cuantas que hemos ido “rescatando” en este blog, para que no caigan en el olvido.

Y ya puestos con la nieve y el frío, en estos meses también son frecuentes los mocos: ¿Qué yé una cosa qu’els pobres chétan y els rics repllegan? Els mocs. Antes se sonaban los mocos tapando un lado de la nariz y echando el aire (y los mocos) por el otro, mientras que los ricos llevaban pañuelo y se sonaban los mocos en él (y los “guardaban” en el bolsillo).

Aún nos quedan muchos refranes por recordar y analizar. Los iremos viendo todos. Las fiestas que se celebran en diciembre son la de la Purísima (el 8), Santa Lucía (el 13) -patrona de las modistas y de la vista-, la tronca de Nabidat y la Misa del Gall (el 24), Nabidat (el 25), Los Inocentes (el 28) -que se gastaban bromas y se decía ¡Ya te la he chugau!San Silbestre y saguero d’an (el 31).

Se acercan las fiestas más familiares del año, las que disfrutan más los niños; aunque, en otro tiempo, se celebraban de forma muy distinta como veremos los próximos días… y, con toda seguridad, el espíritu era otro.

 

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