Hace 30 años, el 8 de agosto de 1991, se inició un devastador incendio en la Sierra de Chía. Las altas temperaturas de aquellos días y una tormenta eléctrica fueron las causas del incendio. Se quemaron cientos de hectáreas de árboles y pastos, y alguna borda.



Recuperamos algunas de las fotos de aquellos días y varios recortes del periódico del Diario del Alto Aragón, de entre el 9 y el 15 de agosto de 1991. En aquel incendio se implicó todo el pueblo para ayudar en las labores de extinción, colaborando con el ejército y los retenes del SEMENA, haciendo bocadillos y llevando herramientas para sofocar el fuego. Afortunadamente, no hubo que lamentar ninguna desgracia personal.
El fuego amenazó los pueblos de Chía, Seira, Abi y Barbaruens. La lluvia favoreció la extinción del incendio; esto motivó que se añadiera una estrofa más a los Gozos de la Virgen de La Encontrada, compuesta por Julio Nerín Mallo alcalde en aquel momento.




Las cenizas y la nube de humo oscurecieron el cielo de Chía. Los momentos de angustia que se vivieron, tanto por la proximidad del fuego, como por la participación de los vecinos en las labores de extinción, aún se recuerdan.. Aquellos jóvenes que entonces tenían 20 y 25 años, hoy ya «calzan» canas. Los árboles y los pastos se han recuperado, pero hace falta una política comprometida con la conservación de la montaña, sin prohibiciones absurdas y que permita una buena gestión/aprovechamiento de los recursos de nuestras montañas.

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Entre el 13 y el 19 de julio de 1941, hace hoy 80 años, pasaron en tren 19 expediciones de soldados de la División Azul por el puesto fronterizo de Irún-Hendaya, controlado por el ejército alemán, hacia el campamento de Grafenworh, en Baviera, camino del frente ruso.





Nuestro cardigaso, José Delmás, seguía en aquellas tierras hostiles. Ya tenía 22 años. En el frente de Voljov manejaba un obús del 22 con el turolense Gregorio Tena Edo. El verano de 1942 en el frente lo pasaron relativamente bien, cazando patos, pescando, bañándose en el río y jugando en los búnqueres al siete y medio, apostándose los rublos que ganaban como divisionarios, se reía cuando contaba que un día “los pelé a todos”. En agosto de 1942 los trasladaron al frente de Leningrado. Como ya se preveía que los soldados españoles iban a pasar un segundo inverno en el invierno ruso, en octubre se empezaría la campaña para enviar un aguinaldo a cada integrante de la División Azul, un paquete de 10 kilos de ropa y comida por persona.





















