GÜE MINCHARÉM ALLUBIAS

Como decíamos en la entrada del 22 de marzo de 2020, en https://villadechia.es/cocina-tradicional-de-la-villa-de-chia/  «En los tiempos de cocinar en la chimenea de casa, dentro del caldero o la olla se echaba lo que había, fuera poco o mucho, para que se cociera con calma y parsimonia. (…) La cocina es la alquimia del amor decía René Albert Guy de Maupassant, 1850-1893, (cronista y escritor francés de cuentos y novelas), y añadimos nosotros, el amor que transmitieron nuestras abuelas en sus platos para sacar el máximo partido de lo que había en la despensa, el corral, el huerto.»

Durante mucho tiempo se cocinó en las chimeneas, luego llegaron las cocinas económicas (de leña o carbón), después las de gas butano o gas natural, que dieron paso a las eléctricas, en sus sucesivas versiones. Las recetas se transmitían de madres a hijas, o de suegras a nueras. Y, como es natural, se fueron «enriqueciendo» a medida que llegaban otros ingredientes de la mano de los trachiners o de los propios habitantes del valle que iban y venían de Francia, Barbastro, Huesca o Zaragoza y teniendo presente que pimientos, tomates, patatas, maíz, girasol, boniato, entre otros, son productos que no llegaron a Europa hasta el siglo XVI, después el descubrimiento de América. En Europa había zanahorias, cebollas, ajos, nabos, arroz, aceitunas, vid, trigo…

 

Cocina económica de casa Ramondarcas. El origen de la cocina económica se remonta al siglo XVII, cuando fue patentada por inventor británico John Sibthrope.

En Chía se cultivan judías verdes en todos los huertos desde hace generaciones, como en todo el valle de Benasque, de una calidad remarcable. Se plantan en mayo y se recogen a partir de finales de julio y se comen durante todo el verano. Es una planta trepadora de la familia de las Fabáceas, de forma aplanada y alargada y color verde, que contiene varias semillas en su interior. La vaina es comestible y se considera una verdura cuando hablamos de judía verde y una legumbre cuando nos referimos a judía seca. Cuando se seca la vaina, las semillas de su interior adquieren colores diferentes en función de la especie y cambian sus propiedades nutricionales. Estas semillas reciben diferentes nombres, según el lugar:

– en Sudamérica las llaman «porotos», «habichuelas», «chauchas», «ejotes» o «vainitas»,

– en Centroamérica, «fríjoles»,

– «fabes» en Galicia y Asturias, «fesols» en Mallorca y Valencia, «habichuelas» en Castilla, Murcia y Andalucía, «mongetes» en Cataluña.

Las «pochas» son una variedad de alubia que se consume fresca en septiembre, muy apreciadas en Navarra y País Vasco; la diferencia entre «pochas» y «alubias» es que las pochas se recogen antes de su maduración, cuando aún están tiernas y tienen un color pálido, pocho. Tienen menos piel, son menos harinosas y el sabor es más fino.

Esta legumbre procede de América, donde ya se cultivaba en Guatemala y Méjico hace más de 7.000 años. Los exploradores del continente americano las llevaron a Europa y de allí se extendió su cultivo a Asia y África.

Estos días hemos recogido las judías del huerto que ya se han secado y las hemos desgranado. La receta original de un guiso de alubias era básicamente «vegetariana», ya que la disponibilidad de carne en siglos pasados era limitada; el echar unas verduras u otras también era en función de lo que se tenía a mano:

  • 500 gr de alubias
  • 1 zanahoria
  • 2 pimientos verdes (o 1 rojo y 1 verde)
  • 1 puerro
  • 1 cebolla
  • 1 tomate
  • 2 dientes de ajo
  • aceite de oliva y sal
  • pimentón dulce

En la olla se cuecen las alubias, entre hora y media y dos horas, con el agua en la que han estado a remojo desde la tarde anterior. Si se consume el agua de la olla en el proceso de cocción, se va añadiendo agua fría. Se pican todas las verduras y se hace un sofrito con el aceite justo; cuando la cebolla está transparente se añade el pimentón, que se sofríe un minuto, y añadimos el tomate troceado. Una vez tenemos el sofrito de las verduras hecho, se echa en la olla de las alubias y se cuece todo junto, para integrar los sabores. A las legumbres se añade la sal al final de la cocción, para evitar que la piel se endurezca. Si no queremos identificar las verduras en el guiso, se pasan por la batidora antes de incorporarlas a la olla. Cuando las alubias estén tiernas, se retira la olla del fuego.

 

A partir de aquí, a la receta se le pueden añadir patatas o arroz, para aumentar las raciones, o, para hacer el guiso más energético y consistente, también puede ponerse longaniza, tocino, chorizo, morcilla, costilla de cerdo, tajo bajo de cordero… «al haber y poder de la casa».

Un truco: hervir aparte una patata a dados, con el agua justa y sal. Cuando esté cocida, triturar la patata en el agua de cocción y añadir a la olla de las alubias justo después de apagar el fuego.

Como siempre, estos guisos están más buenos al día siguiente que el mismo día de cocinarlos porque las proteínas se convierten en aminoácidos individuales que se comportan como «potenciadores del sabor», porque el almidón/harina de las legumbres y patatas se descomponen en compuestos más sabrosos, porque los sabores aromáticos del ajo, la cebolla, la pimienta, el pimentón, se desarrollan con más fuerza 24 horas después y porque las grasas del guiso van trabajando para sacar todo el potencial de aromas y sabor de los ingredientes.

 

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COFRADÍA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

En 1886, en el inventario anual que el párroco de Chía enviaba al Obispo de Barbastro, constan dos libros: el de la cofradía de Nuestra Señora del Carmen (de la iglesia de San Martín) y el de la cofradía del Santísimo Rosario (de la iglesia de San Vicente). En este último, en la primera página vemos escrito que se fundó en 1760. Comentamos en la entrada https://villadechia.es/la-despierta-y-el-rosario-de-la-aurora/ que también hay constancia escrita de la Cofradía del Nombre de Jesús, fundada el 15 de abril de 1602 a instancia de los dominicos de Graus y adscrita a la iglesia parroquial de San Vicente. Desconocemos, de momento, si la Cofradía del Rosario fue la transformación de la del Nombre de Jesús.

El primer domingo de octubre se cambiaba la Junta de la Cofradía del Rosario en Chía. Y el día de la Virgen del Rosario era el día de la Cofradía y se hacía una misa. Si no se asistía, el cofrade pagaba una multa, 2 pesetas en los años 40 y 5 pesetas en los años 50. Los cofrades también organizaban misa para el día de San Lorenzo, el 10 de agosto. En la Junta de 1965 se estipula que las multas serán de 15 pesetas, que los ancianos quedan exentos de asistir y que “entrar” en la Cofradía después de muerto costará 50 pesetas. En 1995 se hace la última misa de cofrades. En los años 90 se pagaban 1.000 pesetas al cura por las dos misas de la Cofradía (10 agosto y 7 octubre).

En la Cofradía se inscribía al heredero de la casa y a su esposa el año del matrimonio. Se pagaban anualmente 6 pesetas (años 40), 12 pesetas (años 50 y 60). Para “entrar” después de muerto se pagaban 35 pesetas en los años 40, 50 pesetas en los años 50, 100 pesetas en 1955. Con los ingresos se pagaba a los enterradores, las velas, la cruz para la tumba, algunas telas y las dos misas de la cofradía.

Nos explicó Juan de Chongastán que la Cofradía se fundó en el siglo XVIII porque hubo una peste y había que asistir a mucha gente; muchos huyeron, pero los que quedaron tenían que hacerse cargo de los muertos. De esta forma, se participaba de forma solidaria en los entierros, se acompañaba a la familia durante el sepelio, el enterramiento y las oraciones que se hacían en la casa del difunto.

No hemos encontrado ninguna referencia a epidemia de peste en 1760, pero en los siglos XVIII y XIX a las epidemias se las denominaba “pestilencias”. En 1348 una gran epidemia de peste arrasó la Corona de Aragón y toda Europa; se calcula que de 70 millones de habitantes, murieron 30 millones. El 30 de abril de 1349, tras la peste negra que azotó Ribagorza, las villas y lugares del Condado solicitaron al infante Pedro medidas fiscales que paliasen las consecuencias de la “mortandad universal que sucedió el año pasado” y él, “aceptando benignamente su súplica”, aceptó que las cargas fiscales se redujeran indefinidamente en un 25%.1

El triunfo de la Muerte de Pieter Brueghel el Viejo. Un óleo sobre tabla de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562 de la Escuela flamenca del siglo XVI. Desde 1827 forma parte de la colección del Museo del Prado.

El reino de Aragón sufrió otra gran epidemia de peste en 1653. La peste remitió en Europa en el siglo XVIII, pero tomaron el relevo otras enfermedades contagiosas: la malaria (o paludismo), el tifus, la tuberculosis, el cólera, la viruela, la difteria o la fiebre amarilla, enfermedades que pudieron controlarse con la aparición de las vacunas y los antibióticos, así como de la mejora de las condiciones higiénico-sanitarias de la sociedad, de los mercados, las aguas y los sistemas de alcantarillado. Y en 1918 y 1919 la epidemia de gripe que brotó con la 1ª Guerra Mundial. Dos cosas eran importantes, el aislamiento/confinamiento y dar solución al elevado número de cuerpos de personas fallecidas.

Es muy comprensible, visto el panorama desolador que acompañaba a estas epidemias, surgieran estas cofradías a modo de mutualismo social cumpliendo una función de ayuda comunitaria y de participación social que, hoy en día, se ha perdido. Desde el nacimiento a la muerte, cada persona de la comunidad estaba “acompañada”: la comadrona, parientes y vecinas “ayudaban” en el parto, los cofrades y parientes “acompañaban” en el “último viaje”, haciendo a todos partícipes del “ciclo de la vida”. Además, en caso de apuro económico, la Cofradía lo prestaba a los cofrados con un interés del 5%.

En Chía, el prior de la cofradía pasaba por el pueblo avisando de “cuerpo presente” porque era obligatorio ir a los funerales, so pena de multa. Dos hombres hacían la fosa en la que se iba a enterrar al difunto, por turno riguroso. Si el difunto era un familiar del cofrade al que le tocaba hacer la fosa, se pasaba al siguiente. La fosa era de dos metros de largo, por uno y medio de ancho y dos metros y medio de hondo. Nos cuentan los mayores de Chía que cuando se cavaba en el cementerio, “salían los huesos al cavar y había que tener estómago”. Lo más duro era enterrar a los niños, recuerdan a Carmencita y Marsialet, enterrados en San Martín.

En 1990 se estrenó el cementerio nuevo de Chía y dejaron de enterrarse difuntos en los cementerios anexos a las iglesias de San Vicente y San Martín. La primera que fue sepultada en el nuevo cementerio de nichos fue María Lacorte, de casa Taberna, fallecida el 17 de mayo de 1990. Ya había  pompas fúnebres que gestionaban todo el funeral, pero aún así se mantuvo la presencia de la Cofradía en los funerales. El último difunto inscrito en el libro de la Cofradía del Rosario fue Juan Mur Blanc, de casa Garsía, fallecido el 1 de mayo de 2004. Y el último prior que consta en el libro es Luis Mur, de casa Siresa, que entregó el libro de cofrades y el de cuentas el primer domingo de octubre de 2004.

 

1 Tomás Faci, G. 1348. La peste negra llega a Ribagorza. Guayente nº 115, abril 2020. pp.12-14.

 

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AGAPITO MUR MUR, de casa Dorotea

Un 30 de septiembre de 1933 nacía Agapito Mur Mur en casa Dorotea de Chía. Hijo de María Mur Pallaruelo, de casa Dorotea, y de Agapito Mur Rivera, de casa Garsía. Hace hoy 87 años. Asistió el parto María Artiga Barrau, de Oros, la mejor comadrona que ha habido; si estaba ella no había que llamar al médico, nos dice Agapito.

¿Cuántos hermanos fueron?

Dos hermanos: Yo, el mayor, y José María, diez años menor que yo.

Agapito Mur, Anita Artiga y María Mur Pallaruelo. FOTO: casa Dorotea

¿Qué recuerdos tiene de sus padres?

Mi padre trabajó mucho para sacarnos adelante. Mi madre hacía las tareas del hogar y ayudaba a mi padre. Cuando tenía cuatro años nos fuimos a vivir a casa Cornel, mis padres estuvieron de medieros allí 10 años.

¿Cómo pasó la guerra?

Me acuerdo de poco. Recuerdo que fuimos a Serquedo andando. Como era pequeño y me cansaba, me llevaron a colletas (sobre los hombros). Nos refugiamos en una cueva, tapados con mantas. Estábamos unos veinte. Oíamos pasar a los aviones.

También que estaba cuidando las ovejas con José de Garsía y vinieron los maquis, que se llevaron cuatro ovejas. Volvimos a Chía para avisar y subieron todos a recoger los animales y guardarlos en sus corrales.

Casa Dorotea en 2020

¿Qué recuerda del colegio?

Éramos seis o siete de mi edad. Me gustaba mucho ir. Entonces había mucha juventud en el pueblo. Tuvimos de maestro a Don Vicente Bitrián. También a María de Sinet, que nos daba clase en la cocina de su casa durante la guerra.

¿A qué jugaban?

Al redondet, tamé se diba chugá als pitos. Y a las cruses. Los sábados jugábamos en la plaza a las quillas, con María de Sinet. Don Vicente marchaba ta Huesca. Y cuando ya fuimos mayores, jugábamos al guíñate en casa Matías.

¿Cómo se pasaban las noches de invierno?

Junto al fuego y quietos allí hasta la hora de acostarse.

¿Hizo la mili?

Estuve 24 meses en Melilla, fue muy duro. Fuimos varios del valle. Fermín fue llorando todo el camino. En Barcelona cogimos un barco. Cuando embarcamos nos dieron un plato de lentejas y a dormir. Llegamos al día siguiente, corte de pelo al raso y al cuartel. A mi me mandaron a transmisiones. Volví sólo una vez a Chía en dos años, gracias a que casa Castán me consiguió un permiso.

¿Ha trabajado fuera de Chía?

A los 15 años empecé a trabajar en El Run, en casa Molinero, hasta los 25. Iba y venía pel canto del túnel, a peu. El panadero que venía de El Run no me quería llevar en su camioneta, no era buena persona. Traímos madera del monte y la trabajaban en la sierra. Cada semana salían dos camiones para Barcelona.

Trabajé en la construcción hasta la jubilación. Los fines de semana iba por los pueblos de la zona a repartir vino con Angel Ballarín, de Castilló. Me gustaba mucho, conocíamos mucha gente. En todos los pueblos nos invitaban a almorzar o a comer: els palomos que nos feba una dona de Piedrafita, las comidas en Aneto, Liri, Capella, Torrelabad… Íbamos a cargar a Cariñena y luego llevábamos el vino a los pueblos. ¡Las cocas que traía de Cariñena estaban buenísimas!

¿Cuándo se casó?

El 2 de mayo de 1964, con Anita de casa Riu, la hermana de Florencio. Ella tenía 30 años. Yo 31. Fuimos de viaje de novios a Madrid. Hemos tenido tres hijos: Laura, Germán y David. Laura ese casó en 2000 con Gabriel y en 2002 nació mi nieto Víctor.

Anita era muy trabajadora, yo estaba fuera de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Ella se encargaba de la casa, los hijos, de ordeñar, limpiar la cuadra… Murió en 2010. Fue muy duro quedarme solo. Me fui a Tortosa a vivir con mis hijos. Al principio lo pasé mal, pero con el tiempo la experiencia ha valido la pena. He conocido la vida cerca del mar, los pueblos de aquí, la playa, la comida marinera. Me gusta mucho.

¿Cuál es su comida preferida?

Los caracoles a la llauna, la paella, las setas y las coquetas.

¿Alguna afición?

El fútbol y coger setas.

¿Le gustaba ir de fiesta?

¡Toma, claro! Anaban caminan. Una vez fuimos a Sesué y al volver la noche era tan oscura  que no veíamos nada. Subimos hasta Chía con fajos de paja en la mano que íbamos encendiendo para alumbrarnos.

¿Algo que comentar sobre un invento del siglo XX?

Cuando trajeron la primera televisión, la pusieron en los porches para que todos pudiéramos ver un partido de fútbol de la selección española. Fue un gran acontecimiento. Luego, poco a poco, las casas fueron comprando televisores.

¿Qué destacaría de la vida pasada en Chía?

Recuerdo con agrado las lifaras y los bailes en casa Santamaría. Hacíamos venir a Escané, un acordeonista. Cobraba cuatro duros si le dábamos de dormir y comer. Els dimenches veniba ta Chía y febam ball a qué Santamaría. También eran especiales las comidas en casa Matías, la madre de Conchita cocinaba muy bien los conejos y las liebres. Era muy buena mujer.

 

 

¿Qué deben conservar las nuevas generaciones?

Mi ilusión es que se conserve el pueblo, que siga adelante, y que no se olviden las tradiciones. Me produce mucha tristeza ver que se cierran las casas para siempre. Cada vez que me voy de Chía y cierro la puerta, me entra una pena enorme.

 

 

 

¿Cómo le gustaría ser recordado?

Como alguien humilde, trabajador y dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta.

¿Un deseo?

Que pase esta pesadilla del COVID, me dio mucha pena que no hubiera fiestas y no poder ir en romería a La Encontrada. Será difícil que todo vuelva a ser como antes.

 

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